Tan solo faltaban cuatro días para su partida, cuando el Rey Henry hizo llamar a su hija:
- ¿Qué ocurre, Elizabeth? Hace días que no te veo sonreír..
- Padre… -La chica bajó la mirada, sabía que la conocía demasiado bien para descubrirla mintiendo-, es sólo que voy a echar de menos este lugar, nada más.
- Es tu deber, hija. Es por el bien del reino, ¿lo comprendes, verdad? Como reyes tenemos que buscar lo mejor, aunque ello suponga irnos lejos del lugar donde hemos nacido o separarnos de nuestros hijos para siempre. No nacimos para elegir.
- Pero no es justo, Padre. Yo quiero elegir. Elegir con quién casarme, con quién vivir… –replicó, desafiante-. No quiero acabar como madre y como vos. Sin amor, sin felicidad…
- ¡No seas insolente, Elizabeth! Esos no son los modales para los que te hemos educado.
Elizabeth agachó la cabeza, y apretó los dientes.
- Lo siento –se disculpó, aunque por dentro se rebelaba, negándose a renunciar a sus principios.
- Dentro de cuatro días partirás y se celebrará esa boda. ¿Entendido?
La chica realizó una reverencia y salió de la estancia, seguida muy de cerca por Ebony, quién la miraba con tristeza «Pobre chiquilla.. ella sólo lucha por lo que quiere, pero no es su destino».
Llegó la hora de partir. Elizabeth, Ebony y el misterioso caballero de ojos azules que habían enviado a buscar a la futura nueva reina subieron al carromato. Fue una despedida corta, formal, casi sin emoción. Partieron al mediodía, calculando llegar a su destino una semana antes de que se celebrase la unión, para dar tiempo a la futura reina a conocer un poco las tierras. El viaje duraría aproximadamente un mes, si todo salía bien. Ya no había vuelta atrás.
Elizabeth miraba de reojo a su acompañante. Había algo en aquel chico que la atraía y la fascinaba. Quizá el misterio de sus ojos azules, o la calidez de esa sonrisa que siempre la dedicaba. No estaba segura, pero lo que si sabía con total claridad es que ya no sería capaz de apartar su mirada de él.
Apenas habían pasado dos semanas desde su partida, pero Elizabeth y Matthew cada vez pasaban más tiempo juntos. Ebony notaba como se miraban, de una forma especial, como si nadie más existiera en el mundo, es más, como si la otra persona fuera el mundo entero. Y eso la asustaba pues sabía que no podía significar nada bueno, así que, aquella misma noche en la habitación de la posada donde había hecho su parada aprovechó:
- Señora.. –comenzó- ¿Tiene algo que decirme?
- No, ¿Por qué lo preguntas, Ebony?
- Lleva toda la semana con ese caballero, hablando, riendo… ¿Ha olvidado cuál es el motivo de este viaje tan pronto?
- ¡Oh!... Así que es por eso…- Elizabeth miró a Ebony con cariño. La conocía demasiado bien, a ella no podría engañarla, pero qué iba a contarle, ¿Qué nunca se había sentido así de bien en compañía de un hombre? ¿Qué pasaba los días hablando y las noches pensando en él? No, sabía que no podía- no tienes que preocuparte. Es divertido, nada más. ¿No pensarías que me iba a pasar todo el viaje callada?
Ebony la miró con desaprobación, pero no siguió preguntando. Elizabeth suspiró, y se acostó en la cama. Sólo quería que la noche pasase pronto para que llegase la hora de volver a estar con él.
...continuará